El pasillo de los Yoghurt

yoghurts

El otro día estaba en el supermercado y tuve uno de esos momentos en que uno le da una vuelta adicional a algo muy cotidiano, y se pregunta ¿ésto es normal?

Paseaba yo muy campante con mi carro de compras, y de repente di la vuelta en la esquina para entrar al pasillo de los Yoghurt. Hasta ahí, nada fuera de lo normal.

Estaba viendo la lista de lo que me habían encargado, y empiezo a leer:

  • “Yoghurt natural, con trozos de frutilla, de la marca X”
  • “Yoghurt de Minions, de Frutilla”
  • “Yoghurt sin lactosa, de damasco, de la marca Y”

Y pienso, ¿en qué minuto se volvió tan complicado comprar un Yoghurt?

A continuación, levanto la vista y veo realmente lo que me rodea: 2 góndolas completas de, al menos, unos 8 metros de largo, una por la izquierda, una por la derecha, con unos 5 niveles de altura, con la más diversa variedad de Yoghurts. Frutilla, natural, cremoso, leche cultivada, Chamyto, Uno al Día, con cereales, sin cereales, para viejas sin dientes, hombres con hemorroides y camellos con osteoporosis. Una locura completa y total.

Yo siempre había pensado que elegir un vino se había vuelto una tarea titánica. Llegar a ese pasillo en que cientos y cientos de botellas tienen el mismo color, en que lo único que cambiaba era la etiqueta, era algo abrumador.

Hubo una época en que pensé que podría dominar la situación. Iba a los descuentos de vino y me compraba la mayor variedad posible, para así poder “probarlos” y saber, para la próxima ida al supermercado, cuáles eran buenos y cuáles no, en base a experiencia.

La verdad es que no resultó. De los vinos que probaba, un 70%-80% en verdad no me gustaban mucho. Me demoré mucho en aceptarlo, pero al final me terminé quedando con 3 o 4 botellas que sabía que me gustaban, y luego solamente compraba esas. En mi mente solo pensaba “qué fácil sería si tuviera menos opciones”.

Volviendo a la lista del súper, me empecé a fijar en los otros ítems: “cloro gel olor lavanda”, “atún del que tiene un logo amarillo, sino, no comprar”, “galletas, pero las sin gluten ni azúcar”. Era oficial: la ida al supermercado se había transformado en una pesadilla, en donde ya no solo basta con decidir qué quiero comprar, sino también debo elegir entre a lo menos 3 subcategorías del producto. Intragable.

Esto me llevó a recordar algunos estudios psicológicos presentados por Elliot Aronson en su libro “The Social Animal” que habla de que al ser humano, en general, no le gusta tomar decisiones porque cada una de ellas implica una inversión en tiempo y energía importante, y que estamos setteados biológicamente para tratar de minimizar este gasto energético.

Y vaya que cuesta en este mundo moderno, en el cual estamos tomando decisiones casi minuto a minuto. Elegir el cable: 5 planes, el celular, 10 planes, qué voy a ver en la noche, 60 canales, cómo me voy a vestir hoy, 10 opciones, qué música voy a poner, 2.500 canciones, y así podría estar todo el día.

Hoy en día contamos con exceso de información, y es casi imposible incorporar toda ésta a nuestras decisiones del día a día, así es que finalmente tomamos decisiones con datos parciales.

Además, existen factores adicionales que influyen en las decisiones, y que no necesariamente nos llevan a tomar el mejor camino:

  • Miedo a dejar de lado algo mejor: “Si tomo el camino A, me puedo estar perdiendo algo mejor en el camino B”
  • Tomar la decisión en base a un comportamiento social: “Voy a elegir esto porque Juanito lo eligió, y Juanito en general es una persona que decide bien”.

Un clásico de todos los tiempos es cuando le preguntas a tu pareja dónde quiere ir a comer, y te dice que le da lo mismo, que elijas tú. Y tú, lo que menos quieres en el mundo es hacer esa elección porque solo puedes perder: tu pareja, en el fondo, sí sabe donde quiere ir pero no te lo dice directamente. Todos hemos escuchado el “Pero Rupertín, si tú me conoces y deberías saber que yo prefiero ir al restaurante de Doña Carlota, porque nunca me han gustado los de costillas asadas”.

Un restaurante particularmente odioso en este sentido, es el Subway. Hay que tomar 25 decisiones en 30 segundos (elegir entre 4 tipos de pan, si lo queremos tostado o no, si queremos menú del día o no, si lo queremos con combo de galleta + bebida o no, además de tener que elegir entre las decenas de ingredientes que tiene uno ahí en su cara. “¿Sabe qué? Mejor deme el combo del día”.

Otro clásico de las comidas es pedir un plato “en la línea” de lo que está pidiendo el resto de la gente en la mesa. “OK, pediste sandwich, que bien, ahora ya no tengo que elegir entre sandwich, pizza, pasta, carne o pescado. También comeré sandwich, solo que sin jamón y con tomate”.

Entonces sí, eureka, ¡efectivamente tomar decisiones es costoso! Y al final uno se quiere simplificar la vida, no hacerla más compleja, que de eso ya tenemos bastante.

No queremos 5 opciones para cada decisión que tomemos. En ese sentido, la vida era mucho más simple antes. Había 1 tipo de jabón, 1 lugar para ir a comprar la carne, etc.

Siempre se dice que es mejor tener la mayor libertad del mundo para elegir, pero la verdad es que el ser humano valora mucho las decisiones en que no tiene que pensar, porque lo liberan mentalmente.

Por eso, al final, cuando uno va al supermercado, se termina casando casi para siempre con las mismas marcas: así ya no perdemos nuestro valioso tiempo teniendo que pensar si queremos esto o no.

En un mundo en que cada vez hay más abundancia, lo importante es ¡SIM-PLI-FI-CAR! Menos obligaciones, menos bienes materiales, menos mochilas que cargar.

Como bien dice la canción, es bueno andar con “Ligero equipaje, para tan largo viaje”.

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One thought on “El pasillo de los Yoghurt

  1. Esto yo lo había pensado y comentado en idénticos términos. Hoy enfrentamos un exceso de información y hay que tomar decisiones sobre muchas variables que antes no se tomaban en cuenta. Otro ejemplo es el shampoo, para pelo graso, o seco, para reparar pelo “dañado”(?), para las rubias,ara las morenas, para más brillo, para pelo liso o Crespo, para pelo con las puntas abiertas, etc. De partida, no creo que cada shampoo tenga ingredientes distintos, de modo que actúe en la dirección. Creo que al principio la segmentación cumplió su objetivo, pero al exagerar se afectó la credulidad. Hoy me da lo mismo y sólo elijo para pelo graso. Punto. El marketing se derrotó a sí mismo

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