Esperando Nada

expectativas

Una de las grandes cosas que he aprendido en la vida es que el manejo de las expectativas es clave, clave, clave (sí, 3 veces).

Esto lo enseñan muy bien en economía, pero es mucho más profundo que lo que te enseñan en un curso.

Yo me considero una persona en general feliz (reconociendo que días/semanas de furia tenemos todos…), y creo que mucho ayuda mi manejo de las expectativas.

¿Qué es lo que espero de la gente y de las situaciones? Básicamente, poco. ¿¡Pero cómo!?, me van a preguntar. Es verdad, intento no esperar ningún resultado exageradamente bueno ni exageradamente malo para cada una de las cosas que hago. Incluso de la gente, de mis más cercanos, trato de no levantar expectativas.

“Oye, pero si es tu mejor amigo, cómo es posible que no te haya avisado”, “Es tu compañero, debería AL MENOS tomarte en cuenta” y miles de otras situaciones similares a éstas, con distintos protagonistas.

Cuando uno no espera nada, no hay decepción. Cuando uno no espera nada, todo lo bueno es recibido como una excelente noticia.

Es arriesgado alejarse de estas premisas. El ejemplo más potente para mi fue cuando tuve mi emprendimiento. Hoy lo veo en retrospectiva, y mis expectativas y optimismo eran irracionalmente altos considerando la complejidad de la misión. Y eso terminó pasándome la cuenta, tanto física como mentalmente. Pero si hubiese resultado bien, quizás ese riesgo hubiese rendido sus frutos.

Yo tenía una amiga que siempre se decepcionaba de la gente, porque sus expectativas sobre ellas eran desmedidas y demasiado altas.

Por supuesto que uno no es un robot y bajar las expectativas no siempre resulta, ya que existen situaciones en las que por naturaleza uno espera mucho. Por ejemplo, al casarse, uno espera estar para siempre con su esposa(o), y eso me parece bien. En un nuevo trabajo, uno espera que le vaya excelente. Y así podemos ir sumando ejemplos.

Y uno también va construyendo expectativas sobre expectativas. “Me va a ir bien en el trabajo, por lo tanto me van a subir el sueldo y entonces el próximo año me voy a poder ir de vacaciones al caribe”. Pensar así solo puede llevar a decepcionarte: si realmente ocurre, no es una noticia positiva porque es algo que uno esperaba. Por el contrario, si no ocurre es una decepción porque uno estaba esperando que eso ocurriera.

1a lección: las expectativas influyen en tu estado de ánimo y en tu relación con las personas.

Pero no es solo eso. Las expectativas también fijan los límites de las cosas que podemos hacer y no. Si uno parte creyendo que no va a ser posible conseguir un determinado objetivo, lo más probable es que esto termine siendo así. Esto se llama “Profecía Autocumplida”. Lo peor de todo, es que el cerebro está condicionado para reforzar ese pensamiento: “Pensé que no lo iba a poder hacer, no lo pude hacer, por ende tenía razón en pensar de esa manera”.

Por el contrario, cuando uno eleva las expectativas y empieza a creer que es capaz de hacer cosas que antes jamás hubiese creído posibles, realmente empiezan a moverse hilos que no pensábamos que pudiesen moverse. Esto es muy claro en el caso de los emprendedores, que en general son muy soñadores y optimistas, y creen posible hacer cosas que para otras personas se ven francamente imposibles.

2a lección: tener expectativas positivas en ciertos casos nos puede llevar a lugares que jamás hubiésemos creído haber podido alcanzar (complementadas con un importante ingrediente: realismo).

Lo importante es lograr un balance, aprender a ver en qué momentos conviene mantener las expectativas bajas, y en qué otros momentos conviene elevarlas, de manera que éstas se puedan transformar en un factor “motivacional”.

Una vez que uno aprende a manejar este tema internamente, también puede empezar a manejarlo racionalmente con las personas con que uno se relaciona. En las comunicaciones, uno influye en las expectativas de un tercero.

Un ejemplo claro es cuando le preparamos una sorpresa a alguien. Hay varias técnicas. Una es no decir nada, y esperar a que se produzca la sorpresa. En este caso, las expectativas del “sorprendido” son iguales a cero. Por lo tanto, si la sorpresa es buena, el efecto positivo es altísimo. Por el contrario, si empiezo un mes antes a decir que tengo preparada la mejor sorpresa del mundo, probablemente esa persona no la encontrará tan buena cuando le sea revelada.

La clave es entender que uno tiene el control y el poder de fijar expectativas, tanto propias como en terceros. No es un proceso externo al que seamos ajenos. Aprender a manejarlas tiene tener efectos muy positivos en la vida diaria.

En resumen, hay que saber manejar las expectativas tal como manejamos un auto: apretando el freno cuando es necesario, y pisando el acelerador cuando queremos llegar lejos. En el equilibrio de ambos extremos está la ciencia del asunto.

 

 

 

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