Librarse de las comparaciones

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A todos nosotros nos cuesta muchísimo determinar qué es “lo normal”. ¿Cómo debiese comportarme en esta situación? ¿Cuánto dinero debiese estar ganando? ¿Cuántas veces a la semana/mes es normal tener sexo? ¿Cómo debo responder si me invitan a un lugar al que no quiero ir? Incluso hay gente que pide su comida en función de lo que pide el resto.

Es bien estudiado en la psicología que el ser humano es muy bueno y muy sensible para detectar las cosas que nos diferencian, aún cuando estas en realidad no nos hagan TAN diferentes. Es así como un chino nos puede parecer una persona totalmente distinta a un occidental, cuando la realidad genética y de comportamiento nos indica que son casi idénticos. Cuando encontramos cosas que nos diferencian, tendemos a magnificar su importancia, y creemos que somos MUY diferentes, cuando en realidad no lo somos.

La necesidad de saber qué es “lo normal” + lo bueno que somos para encontrar diferencias, hace que seamos muy fijados en lo que hacen los otros, buscando poder establecer una base comparativa y fijar nuestro propio comportamiento en base al de los demás. Este es un comportamiento que se ve de manera muy clara y marcada en la adolescencia, período en que uno busca fuertemente pertenecer a algo, ser aceptado socialmente por tus pares, incluso haciendo cosas que normalmente no harías, pero que parte desde que somos pequeños (los hermanos siempre viven comparándose) y no nos abandona hasta el último día de nuestras vidas (supongo que envidiaremos el asilo de nuestro mejor amigo, jeje).

Esto se va combinando también con otros razgos de la personalidad. Por ejemplo, una persona que tiene poca confianza en si misma puede tener una mayor tendencia a copiar comportamientos de otras personas, ya que se siente más segura al hacerlo, aún cuando en su fuero interno no sepa si realmente su comportamiento refleja su forma de pensar.

Las comparaciones también hacen crecer otros sentimientos, como la envidia. En general, uno tiene la mala costumbre de ver lo que yo no tengo y que el otro sí. Como dicen en Estados Unidos, “el pasto siempre es más verde en la casa del vecino”. Sin embargo, esa otra persona probablemente está pensando lo mismo, pero al revés. El que está casado piensa en la suerte que tiene su amigo de aún estar soltero, en que todavía es libre de hacer lo que quiere y, por el otro lado, el que está soltero piensa en la fortuna de tener estabilidad de pareja, familia, etc.

Otro factor intrínseco en nuestra personalidad es que nuestras mentes están configuradas para pensar en las oportunidades que nos estamos perdiendo, por sobre la valoración de lo que ya tenemos. “¿Qué hubiese pasado si hubiese tomado la otra oferta de trabajo? Seguro que estaría mejor!”; “Seguro que el plato que no pedí estaba mucho más bueno que el mío”, etc.

En la pareja también se dan las comparaciones, y generalmente no aportan nada positivo. Desde la forma en que se da la relación misma “Ruperto todavía le regala flores a la Clotilda! (subtítulo: “…no como tú, que ya no me regalas nada”), pasando por los hijos “¿Y cómo ellos dejan que su hija raye la pared y en cambio nosotros no lo permitimos?”, la rutina “El Seba tiene 3 hijos y juega fútbol 3 veces a la semana, en cambio yo con suerte salgo 1!”, y hasta los anhelos comunes de la pareja “Ojalá pudiéramos ir todos los años de vacaciones a otro país, como ellos. ¡Qué suerte tienen!”.

Si no controlamos estas actitudes, se puede ir gestando internamente una disconformidad con tendencia a ir creciendo e irnos haciendo sentir infelices. Cuesta mucho cultivar la felicidad, y muy poco la infelicidad. ¡Qué fácil es estar aburrido, enojado, cabreado, etc.! Lo difícil es estar contento, tranquilo, alegre…¡feliz!

Ahora, las comparaciones también resultan muy prácticas, porque precisamente nos ayudan a ubicarnos en un contexto, asi es que no son intrínsecamente malas, pero está claro que en exceso pueden llevarnos a olvidar que no debemos vivir pensando en lo que dice, piensa o hace el resto.

El secreto es liberarse de las comparaciones. No hay nada más gratificante que desprenderse de ese tremendo lastre, y empezar a poner tus propias reglas. ¡Qué importa que el resto te mire raro! Adiós a la vida prefabricada, “buen estudio-buen trabajo-buen sueldo-comprar casa-retirarme feliz y sin nadie que me moleste”. Es verdad el dicho de que nos obligamos a hacer cosas que no queremos hacer, para impresionar a personas que en realidad no nos interesan. ¡No tiene sentido!

Juégatela, haz algo distinto, atrévete. ¡Aunque “pierdas”! Seguro que la experiencia valdrá la pena. Es mucho más divertido salir con el machete a abrirse camino, que andar por el camino asfaltado. Seguro, es más difícil, pero se aprende mucho más y, al final del camino, llegarás mucho más satisfecho y serás una persona más completa.

Nunca es tarde para dar un giro. Nunca es tarde para dejar una huella. Cuando piensas en alguien que te importa, lo que sientes es cariño, respecto, admiración, etc. basado en las experiencias que viviste con esa persona, mucho más que en el producto de las cosas que hicieron.

El resultado es anecdótico, lo que vale es haber recorrido el camino. La sociedad mide el éxito en precisamente tener, en comparación, más que el resto, y generalmente refiriéndose a algo material, que finalmente se mide en dinero. El dinero y los bienes son fáciles de comparar. Si tengo 1.000 dolares, y el otro 500, entonces yo tengo más que el otro. Si tengo un auto que vale 20.000 dólares, es mucho mejor que tener uno que vale 10.000 dólares. No hay discusión sobre ello, son números absolutos. Pero, ¿realmente la botella de vino de 100 dólares es tanto mejor que la de 20 dólares? Seguro que no es 5 veces más buena.

La visión monetaria del éxito es errónea en su origen. Es uno es el que define su propio éxito, y el éxito no se define por el dinero ni por las posesiones materiales. El éxito es etéreo, no se puede tocar. Es un sentimiento, no un inventario material. No se compra, y no hay una única fórmula para obtenerlo.

Es uno el que internamente debe decidir lo que está bien y lo que está mal para uno mismo. Si nos seguimos comparando con el resto, nos alejamos del camino correcto. El resto no sabe ni puede saber mejor que yo, lo que es lo mejor para mi. Soy yo el que tiene que decidir lo que es bueno para mí, no debo dejar que los que me rodean me determinen un “estándar”, porque ese estándar no existe. Al revés, es una receta segura para la frustración. Lo que es bueno para uno, es malo para otro.

Sacar los lastres nos libera las alas y nos permite volar. Deja de comparar. Sigue tu propio camino. Se tú.

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