Buscando en qué creer

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Hoy en día está instalada la idea de que las personas han perdido la fe, de que ya no creen en nada, y de que hemos entrado en un espiral de degradación moral descontrolado en donde las drogas, la pornografía, los abusos por parte de las empresas, los deplorables casos de pedofilia en la iglesia, las mentiras del gobierno, la corrupción en el mundo de los deportes, etc. han acabado con nuestros ideales.

Todos los días nos vemos inundados con noticias de este tipo, sumando asaltos, portonazos, balaceras, robos de vehículos, estafas, etc.

A este medio ambiente tóxico se suman los problemas a nivel personal: “no me alcanza el dinero para cumplir con mis sueños”, “no estoy contento en el trabajo”, “tengo problemas con mi pareja”, “no me siento capacitado para criar niños”, etc.

Si vamos sumando todos estos factores, la nube ya no es gris con pinta de lluvia, sino derechamente negra y con tormenta a la vista. Así, la verdad es que es fácil caer en la desesperanza.

Esta desesperanza es un síntoma de que efectivamente la gente ha ido perdiendo la fe de a poco, y que los liderazgos de la sociedad se han ido desgastando. Hoy en día nadie quiere reconocer que va a la iglesia, que sigue a un partido político, o que trabaja en una multinacional, cuando hace menos de 50 años esto era un motivo de máximo orgullo.

Antes, estas instituciones encarnaban un ideal, un espíritu, una bandera de lucha, pero hoy, por su propia responsabilidad, se encuentran completamente desprestigiadas.

¿Tanto cambiaron? ¿Qué pasó entre medio? Pasaron muchas cosas, pero una de las principales es que llegó la tecnología. Llegaron los computadores y, sobre todo, llegó Internet. Lo realmente espectacular es que el acceso a la información se democratizó. Podemos estar enterados, sin costo alguno, de cualquier noticia ocurriendo en cualquier parte del mundo, hablar con ese familiar lejano e incluso verle la cara, en vivo, mandarnos fotos, videos, etc.

Esto se profundizó con la llegada de los teléfonos inteligentes, en donde ya prácticamente todo el mundo está conectado a toda hora, y en todo lugar. Los individuos se transformaron en micro medios de comunicación (¿qué es tu cuenta de Facebook, sino eso?) y, con todos estos canales creados y disponibles para el uso de cualquiera, la información comenzó a fluir.

Las instituciones tradicionales, por definición, se adaptan lento (así de lento) a los cambios, y no fueron capaces de dimensionar lo que se les venía. Así, todos los “secretillos” que antes se manejaban tapando las bocas de un par de personas (con sobornos, amenazas, amedrentando a la gente, etc.), comenzaron a salir a flote. Las personas empezaron a denunciar, la información comenzó a circular rápidamente, y los implicados se vieron obligados a reconocer sus pecados, a diferencia del pasado en donde se podían hacer los pelotudos porque eran todopoderosos y no tenían contrapeso.

Al salir del armario todos los secretos oscuros, la gente se sintió engañada. Es como cuando te enteras de que tu pareja te es infiel. Algo se quiebra, algo se apaga, algo deja de funcionar. Se perdió la fe.

Para profundizar el tema, las iglesias salen con declaraciones como “estamos viviendo una época de relativismo moral”, los gobiernos dicen que “la gente está muy revolucionada con las redes sociales”, etc. Descaradamente se deshacen del problema, se lavan las manos y, en el fondo, nos dicen que las personas somos las que estamos mal, no ellos. Es decir, caen en la infidelidad, pero más encima nos tratan de decir que es por culpa de nosotros.

2 semanas después, salen las encuestas y no logran entender cómo es qué están perdiendo adherentes, feligreses, afiliados, o llámalo como quieras. La pregunta debiese ser al revés: ¿cómo es posible que todavía haya personas que se sigan identificando con ellos?

Pero volvamos al tema de fondo. ¿Estamos viviendo en una época en que la gente ha dejado de creer? ¿Nos hemos transformado en un mundo escéptico, solo preocupado de lo material y transaccional?

No lo creo para nada. Vivimos en un mundo que tiene una crisis de liderazgo, en el que la gente se siente defraudada por las instituciones tradicionales por las propias faltas que estos mismos han cometido. Las personas hoy en día se sienten más solas y abandonadas, sin el liderazgo de estas instituciones, navegando a la deriva en búsqueda de respuestas.

A las personas les gusta tener un norte, perseguir un ideal común, sentir que otros comparten sus valores, y poderlos expresar libremente. Pero hoy la situación nos ha llevado a una inseguridad en este ámbito.

Más que nunca, la gente necesita modelos en los cuales sentirse reflejado. La gente quiere líderes, necesita a alguien más a quien seguir. Sentirse unidos en la búsqueda de un algo. Y esto es todo lo contrario a haber perdido la fe. Las personas quieren y buscan creer. Tener aunque sea una certeza, una sola, te hace sentir más seguro, te hace soportar cosas que de otra manera no lograrías soportar. Te hace ser más resilente. La gente no ha buscado, no está contenta, ni se siente orgullosa de “haber perdido la fe”.

La revolución de la información hace que hoy estemos viviendo en uno de los períodos de mayores cambios en la historia de la humanidad, y esto es algo de lo cual nos deberíamos sentir privilegiados. La humanidad existe hace cientos de miles de años, y nosotros tenemos la suerte de estar viviendo justo ahora, siendo testigos de una transformación que va a cambiar para siempre la historia de la humanidad. Nunca nada va a volver a ser lo mismo después de los cambios que estamos viviendo.

El problema es que es una revolución silenciosa: no hay gente gritando en las calles, no hay masacres, revoluciones, ni sangre derramada por “culpa” de la revolución tecnológica, y eso significa que no hay un llamado de atención, no aparece en las noticias más que en la sección de “novedades y cosas curiosas”. ¿Y qué importa que sea silenciosa? Mucho, porque si no hace ruido, no se genera una conciencia de que esta revolución trae consigo grandes desafíos, entre ellos el cómo construir y manejar los liderazgos, partiendo por instituciones en las cuales confiar. Sin conciencia, la adaptación es más lenta, y durante ese período todos los que estamos en el día a día, nos vemos perjudicados.

Personalmente tengo mucha esperanza sobre el futuro. Creo que sencillamente estamos en un período de cambio muy grande para la humanidad, del que aún no somos lo suficientemente conscientes como para abordarlo con una estrategia. Los cambios han ocurrido muy rápido, mucho más que en cualquier otro período de la historia, y recién estamos a punto de comenzar a darnos cuenta que nos tenemos que adaptar. Está saliendo la basura a flote, pero las instituciones también se están haciendo preguntas y, dada la fluidez de la información hoy en día, no les va a quedar otra alternativa que apostar por la transparencia absoluta, ya que de otra manera igual van a ser atrapados, a diferencia del pasado, en que nos parecía que tenían un actuar intachable, cuando la realidad era que, tras bambalinas, se escondían un montón de hechos turbios.

Por otro lado, gracias a que ahora todos somos un canal de comunicación, nos estamos dando cuenta de que el mundo está repleto de personas sencillamente increíbles. Gente que hace cosas impensadas, que se desangran por ayudar, inventan el futuro con sus manos, buscan un mundo mejor. Y hemos ido dándonos cuenta de que por ahí, en algún lugar de este planeta, hay alguien que piensa como tú, que es movido por los mismos ideales. Alguien a nuestro alcance, con quien nos podemos identificar y que nos puede ayudar en nuestra búsqueda. Los ejemplos ahora no están en las instituciones, sino entre nosotros mismos. Cada persona tiene su match, los amantes de los animales, las mamás “profesionales” de la crianza, los apasionados por los deportes extremos, la tecnología, la ciencia, la educación, los problemas sociales, medioambiente, etc. etc. etc.

Tenemos muchos más espejos en los cuales mirarnos, y creo que ese va a ser el liderazgo que viene. Los microliderazgos. Las instituciones seguirán siendo importantes, pero puede que tomen un papel mucho más instrumental en nuestro día a día. Nosotros vamos a estar mirando a nuestros pares, sorprendiéndonos y creando en conjunto pequeños mundos en los cuales nos vamos a sentir seguros y protegidos. La inspiración, la motivación, vendrá de nuestros pares, de las personas que nos rodean.

Lo encuentro fascinante, mucho más transparente y más natural que lo que teníamos hasta ahora. A pesar de las dificultades, de los cambios y de la incertidumbre, siento que nuestros nietos y bisnietos vivirán en un mundo mucho mejor que el que habitamos ahora.

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