Ser simple

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Vivimos en un mundo cada vez más complejo. Hay opciones y alternativas para todo en esta economía de la abundancia. Ya hablamos del exceso a la hora de elegir un vino o un simple yoghurt.

Pero no solamente me refiero a los productos que nos ofrecen. También ocurre con el exceso de información proveniente de los medios y de Internet, la cual al final nos aturde más que ayudarnos. Leemos artículos que un día nos dicen que comer huevo es malo porque da colesterol, y al día siguiente nos dicen que comer huevo es muy bueno porque da proteínas. Las revistas nos muestran modelos, dietas, tips para ser los mejores padres, trucos para ser mejores en la cama…gente perfecta, gente que se hizo millonaria porque inventó no se qué. La mayor parte de las comunicaciones nos dicen que lo que hacemos hoy no es suficiente, y que necesitamos mejorar alguna de nuestras conductas para ser mejores. Y esos pequeños mensajes, uno tras otro, finalmente terminan haciendo que nos sintamos insatisfechos con lo que somos, desde nuestras relaciones, las cosas que tenemos, y también nuestro sentir con nosotros mismos.

A eso se le suma que el día a día de una ciudad es sencillamente muy exigente. Te levantas muy temprano, si tienes niños, debes procurar que se vistan, se duchen, salgan a tiempo, estás todo el día dándole al trabajo, en donde las exigencias también son muy grandes, sales tarde, debes ir al supermercado, ayudar a tus hijos con las tareas, incrustar en algún momento las juntadas con tus amigos, los hobbies, hacer deporte, comprar esa cosa para el otro día, organizar el fin de semana, etc. etc. etc.

Vivimos en una rueda automatizada, y pocas veces nos detenemos a pensar en si está bien o no nuestro estilo de vida. Tu hijo tiene que estar en el mejor colegio, para luego estar en la mejor carrera, en la mejor universidad, y que de esa manera pueda obtener el mejor trabajo. Y en el trabajo, *PUM*, tiene que hacerlo lo mejor posible, para llegar a ser el top one. Esa es la receta, esa es la fórmula. ¿Qué buscamos? ¿Ganar más dinero? ¿Tener más poder? ¿Para qué? Estas son cosas que alimentan nuestro ego, pero la felicidad no está ahí. Este artículo sobre los ganadores de la lotería lo grafica bastante bien.

La suma de todos estos factores  (y de muchos otros más) hacen que la gente viva abrumada, tratando de ser mejor en todo lo que le dicen, pero sintiendo que no lo está haciendo bien y, finalmente, queda poco espacio para disfrutar de la vida.

¿Realmente nos está haciendo bien vivir así?  ¿Eso es lo que queremos para nosotros y para nuestros hijos?

Poco a poco me he ido convenciendo de que la simpleza es uno de los ingredientes más importantes para estar contentos. Creo que todos pecamos de querer más en algún momento de nuestras vidas. Mal que mal, este mundo está diseñado para eso y para que realmente nunca estemos satisfechos. Creemos en “la próxima compra”, porque esa sí que será la que podrá saciar nuestro apetito infinito. Pero al final nunca ocurre, nunca quedamos bien. Nos llenamos de esas cosas que “tanto necesitamos” y luego de un par de días ya se nos olvida que estuvimos meses pensando en ella, y ya pasamos al siguiente objetivo en nuestra cabeza. Warren Buffet tiene una fórmula muy buena: “Antes de comprar algo, piense: ¿Qué me pasará si no lo compro? Si la respuesta es “Nada”, NO lo compre; porque no lo necesita.”

Un muy buen consejo es invertir en experiencias y no en cosas, tal como recomiendan en este artículo. Porque a partir de ellas vamos creciendo y construyendo sobre lo que tenemos. Las cosas son solo eso, cosas…Las experiencias, en cambio, nos dejan algo. Crean conexiones con otras personas, con la naturaleza. Se escribe una historia, se forma un recuerdo. Se crea algo que te puede acompañar toda la vida, algo que probablemente te volverá a hacer feliz cuando recuerdes.

En el libro “Las Gafas de la Felicidad”, Rafael Santandreu dice que lo único que realmente necesitamos para sobrevivir es dormir y comer, y que todo el resto de las cosas son necesidades creadas (incluso el tener una pareja) y que, por lo tanto, perfectamente podríamos vivir sin tener esas cosas. Tal vez no hay que ser tan extremista, pero este planteamiento sí nos hace pensar y ponernos en el caso. El dice que nada es tan grave, y que somos nosotros mismos los que nos ponemos obstáculos.

Todas las cosas que tenemos, todas las relaciones que formamos, suman carga a nuestra mochila emocional y requieren que les dediquemos tiempo y atención. ¿Tienes un auto? Tienes que lavarlo, echarle gasolina, llevarlo a reparar, preocuparte de guardar bien las cosas para que no te las vayan a robar. ¿Tienes un nuevo amigo? Tienes que llamarlo, escribirle, preocuparte por él. ¿Tienes un perro? Hay alimentarlo, llevarlo al doctor, comprarle comida. ¿Te gusta un equipo de futbol? Estarás pendiente de ver o escuchar los partidos, te enojarás si pierde. Mientras más cosas sumamos, más pesada la carga. Mientras menos cosas tenemos, menos pesada la mochila, menos nos preocupamos. Por eso, hay que dedicarle nuestro tiempo a lo realmente esencial, a lo que vale la pena, a lo que nos hace crecer como personas. Todo el resto es desechable.

La simpleza es muy poderosa. Casi tan importante como definir lo que nos gusta, lo que queremos para nosotros, es el definir lo que NO nos gusta, lo que NO queremos. Cuando tomas decisiones en este sentido, el sentimiento de liberación se hace cada vez más fuerte porque también soltamos preocupaciones. “No quiero comprarme una casa”: que agradable saber que ya no es necesario compararte con toda la gente que sí lo está haciendo. “No me interesa ser flaco”: que bien saber que ya no necesito estresarme por esos malditos artículos de dietas milagrosas. “No me interesa ser jefe”: que bueno, ahora el resto puede sacarse los ojos compitiendo, y tu ahí, sin la preocupación de que te quieran hundir, o de tener que ser mejor que el otro.

Es difícil hacer estas renuncias, porque detrás de cada una de las cosas a las que renunciamos hay una promesa de felicidad. “Cuando sea flaco…”, “cuando sea jefe…”, “cuando tenga casa…”. Pero raramente esas promesas llegan a reportarnos lo que nos prometen. Y si lo logran, generalmente es por poco tiempo, y luego ya volvemos a la rueda de la insatisfacción.

Steve Jobs acuñó la frase “Stay hungry, stay foolish.” Yo le agregaría “Stay simple”. Menos cosas, menos preocupaciones.

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