Juicio al monstruo comegalletas

monstruo come galletas

¡CONFIESO! He pecado de pensamiento, palabra, obra, omisión, y muchas otras cosas más. He cometido crímenes (im)perfectos que han dejado huellas indelebles, pero que no han permitido hallar al culpable. O sí…

La jueza levanta su nariz, mira a sus alrededores, evalúa y pondera la situación. Encuentra a 2 sospechosas, las mira con suspicacia, las interroga, y las deja con arraigo domiciliario y firma diaria. Se presume mi inocencia. Inocente, igual que ese padre que le echó la culpa a su hijo después de emitir un gas de aquellos que hacen declarar la zona como estado de catástrofe.

Las imputadas declaran su inocencia. Basta con ver sus tamaños y la altura mínima necesaria para alcanzar el objetivo, para darse cuenta de que al menos tuvo que haber un cómplice.

Intrincadas explicaciones y razonamientos inverosímiles son la estrategia para confundir a la jueza. “El arma utilizada fue un escalón. Sí, sin duda que si se suben a uno, alcanzan las galletas, y el resto ya es historia”.

Las acusadas se miran nerviosas. ¿Complicidad? ¿Un acto premeditado? ¿Actuaron como una peligrosa banda organizada? ¿Cuánto tiempo llevan planeando el delito?

Un rastro de migas permite identificar algunos hechos clave. No hay dudas: el crimen fue reciente, y la evidencia está fresca. Sí, se trata de una galleta Oreo. Corrijo, no una…¡varias! Pero no es suficiente para determinar un culpable.

La jueza llama a una segunda ronda de interrogatorios. Los acusados no se pueden ver ni comunicar entre ellos. La jueza mueve su cabeza de lado a lado, y respira profundo, como si su olfato le fuese a entregar la respuesta. Pero el culpable no se encuentra en el banquillo de los acusados. El culpable está en el público.

Y, mientras la tensión se apodera de la sala, la conciencia le empieza a jugar una mala pasada a quien cometió la fechoría. Empieza a sentir susurros en su oído; “no puedes dejar que estas criaturas inocentes paguen los platos rotos”, “¡esto es inmoral!”.

La transpiración empieza a descender por su frente, y la respiración se hace entrecortada. La jueza mira al público, y fija su mirada en el monstruo, sin decir nada. El reloj se detiene, el aire se estanca y la tensión alcanza niveles máximos.

“CONFIESO, ¡FUI YO!”. Se escucha un “ohhh” generalizado en la sala. El público se da vuelta sorprendido, mientras el verdadero ladrón es arrestado y llevado a la zona de seguridad. “YO SOY EL MONSTRUO COMEGALLETAS”.

La jueza se declara sorprendida, aunque a estas alturas, no tanto. El criminal tiene un amplio prontuario. “¡Me dejaron todas las puertas abiertas!”, grita en su defensa. “Y no solo fueron las Oreo: también me comí el chocolate, el manjar, y los dulces del último cumpleaños. Ah, y también las galletas que tienen guardadas para la junta del Viernes”.

Es un Miércoles cualquiera en la ciudad. El imputado está bajo arresto y todo vuelve a la normalidad, pero nada impide que vuelva a cometer sus fechorías.

 

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